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Dani, el aceitoso

Publicado el 4 de noviembre de 2016 en Revista Crisis | Acaba de finalizar el Plenario de Delegados de la Federación de Aceiteros, una organización sindical que ilusiona por la combatividad que emana de sus bases y porque sueña con recrear una política auténticamente proletaria, mas allá de los partidos y de los gobiernos. Daniel Yofra es expresión y artífice de esta nueva generación obrera, vital y móvil, que quiere discutir el poder y la riqueza. Tiene con qué.

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Sus amigos le dicen “cabezón”, tiene 49 recién cumplidos, y es uno de los líderes más genuinos del reducido sector de la clase obrera que se ubica en el cuore del capitalismo argentino. A los 25 pirulos, allá por 1993, Yofra fue elegido delegado en la planta que Louis Dreyfus tiene en General Lagos, el segundo puerto privado más grande del país desde donde se exportan cinco millones de toneladas de soja por año. Dos décadas después se convirtió en secretario general de la Federación de Trabajadores del Complejo Industrial Oleaginoso, Desmotadores de Algodón y Afines de la República Argentina, los “Aceiteros”, organización que nuclea a unos diez mil trabajadores y que en el último quinquenio, por una combinación virtuosa entre dirigencia combativa y ubicación estratégica en la producción, encabezó los rankings paritarios, perforando una y otra vez el techo que a todo gobierno, sea cual fuere su signo, le encantaría remachar. El tipo habla de frente y, tal vez por eso, no se parece al resto de los caciques sindicales.

¿Cómo ven el panorama sindical a casi un año del triunfo de Macri?

Lo vemos complicado porque nadie te dice la verdad. Estamos muy atomizados y hay una franja grande de obreros que no se sienten representados por dirigentes que especulan con el poder político y renuncian al poder de la clase trabajadora.

Dos meses después de unificación de la CGT, parece que el optimismo inicial quedó desautorizado por los hechos.

Yo nunca tuve expectativa, nunca estuve a favor de que se unifique la CGT. De todos modos confiamos en Juan Carlos Schmid, que es un tipo muy cauto pero conoce la realidad de lo que pasa en el país. Si él levantara diez puntos que abarquen las necesidades de la mayoría de la clase trabajadora, no necesita ni de Cavalieri, ni de Gerardo Martínez, ni de Andrés Rodríguez para traer a las bases a pelear por reivindicaciones. Hoy necesitamos alguien que hable de las necesidades de los trabajadores, porque de las declaraciones políticas la gente está cansado. La unificación es una mentira, hay intereses totalmente contrapuestos entre esas organizaciones.

Según tu mirada, ¿la unificación entonces beneficia más al gobierno que a los trabajadores?

Sí, yo creo que el más beneficiado es el gobierno.

¿Y cuáles deberían ser los reclamos del sindicalismo en esta coyuntura?

Nosotros tenemos tres puntos que consideramos que hay que discutir: salario mínimo vital y móvil, de acuerdo a la definición de la ley de contrato de trabajo y al artículo 14 bis; eliminación del sistema de tercerización y de subcontratados; y el último punto es la democracia sindical, que no la tiene el ochenta o noventa por ciento de los que integran el movimiento obrero. Eso traería cambios rotundos dentro de la burocracia sindical.

la generación flexible

La historia de Daniel Yofra tiene su origen en la larga noche del proletariado argentino, luego de la derrota sin anestesia del movimiento sindical de base más potente que se recuerde en nuestro país. Criado en Fighiera, muy cerca de Villa Constitución, su padre llegó a ser Secretario Adjunto de la “UOM de Villa”, epicentro de las coordinadoras obreras que sacudieron durante la década del setenta al cordón industrial que une Rosario con Buenos Aires. “Yo me crié con mi abuela porque mi viejo estaba en cana. Ella tenía al hijo y al yerno preso, y me decía ‘mirá cómo terminan por ser sindicalistas’. En ese entonces tenía diez años, así que imaginate cuál era mi concepción del sindicalismo”.

Sea por trasmisión genética, mandato de clase, o algún determinismo por el estilo, Daniel ingresó a trabajar en un eslabón clave del nuevo modelo de acumulación del siglo XXI. Allí se encontró con algunos sobrevivientes que le pasaron la posta. Sin embargo, no se hace ilusiones: “nosotros somos la generación de la flexibilización, no es que estábamos en los setenta y hoy seguimos vigente porque somos obreros; nos hicimos dirigentes en el contexto de la flexibilización y pudimos dar el cambio, no sé si a tiempo, pero logramos transformar totalmente la política que tenían los aceiteros en los noventa. Es cierto que cambió la coyuntura, pero nosotros también cambiamos la cabeza”.

El cambio de siglo los benefició y el nivel de vida de sus compañeros de trabajo subió al ritmo del aumento del precio de los commodities. “Si hace quince años vos me hubieras dicho que íbamos a tener una moto o un auto ninguno de nosotros te hubiera creído. De hecho, en la zona había compañeros que vivían en la villa y se compraron terrenos, se hicieron una casa, se fueron de vacaciones. Ahora tenemos una vida muy distinta. El problema es hacer conciencia para cuando venga la mala, por eso te digo que nos falta mucho trabajo interno, porque estamos acostumbrados a ganar y a ganar mucha, y a ir con la gente a movilizarnos. Nuestra gente no va porque tenemos un aparato y si nos llama el líder vamos. No, el delegado informa que va a haber una medida y se decide quién y cómo participar”.

Pero Yofra no cree en la teoría del derrame. Tampoco en el argumento de la ex presidenta Cristina Kirchner, “que si los obreros estamos mejor tenemos que agradecérselo a ella”. Y sus creencias no son simples opiniones, están avaladas por luchas de gran intensidad. Una fue en 2013, de cariz intrasindical, en el Congreso de la Federación que hoy preside, cuando el sector que sería desplazado solicitó la ayuda del Momo Venegas y muy republicanamente los cagaron a balazos. Hay un crudo en YouTube donde se advierten las escaramuzas. Desde entonces, los aceiteros recuerdan aquel 17 de julio como el comienzo de “la nueva etapa”. Ese día se reúnen “para celebrar el coraje y la conciencia de los obreros aceiteros; y para reflexionar sobre el accionar de la burocracia”.

El otro conflicto que protagonizaron fue bautizado “el aceitazo”, la huelga mas potente que debió soportar el kirchnerismo durante su reinado. Sucedió en 2015, duró 25 días, le hizo perder millonadas pero millonadas de dólares a las principales trasnacionales del agrobussines, y le costó varios ataque de nervios al entonces ministro de trabajo Carlos Tomada. El triunfo obrero terminó siendo categórico y los aceiteros, que se esmeraron por vocear a los cuatro vientos el porcentaje de aumento salarial conquistado, afianzaron su referencia para el resto de la clase.

Durante el primer año de Macri revalidaron su lugar en el podio como plusmarquistas paritarios. Pero Yofra tuvo su minuto de fama mediática cuando salió a explicar en la tele por qué el litro de aceite iba a llegar a cien pesos, en medio de la maratón alcista de los precios. El Cabezón se ríe, divertido. “Es importante que aquellos dirigentes que saben la verdad, la digan. Hay quienes consiguen lo mismo que nosotros de aumento pero no lo hacen público, porque la presión del Estado y de las empresas apunta a eso. Nosotros, cuando ponemos el eje en la publicidad de lo que conseguimos, no es para andar diciendo miren que genios que somos sino para que nos demos cuenta de que se puede más”.

vital y móvil

La pericia de los aceiteros para conquistar aumentos salariales por encima de la inflación no ha sido magia. Existe un método: poner encima de la mesa de negociaciones un criterio materialista y con rango constitucional, “el salario mínimo, vital y móvil”, en lugar de discutir solo la vaporosa metafísica de los índices inflacionarios.

Ustedes son el único sindicato que no discute salarios en base a la inflación anual. ¿Por qué?

Porque el punto de partida es el valor de la fuerza de trabajo, o sea cuánto se necesita para cubrir las necesidades mínimas. Después discutimos inflación, pero primero tenes que garantizar eso. No hay un estudio por parte del sindicalismo —y menos una pelea— que determine cuál es la cifra que necesitan los trabajadores para vivir dignamente. Y no es un problema solo de la burocracia, sino de muchos compañeros que discuten únicamente en base a la inflación. Nosotros tampoco lo entendíamos, si nos dimos cuenta de la importancia del salario vital y móvil fue gracias a Horacio Zamboni, un abogado laboralista que dedicó su vida a la clase obrera. Cuando lo conocimos, en el 2004, andábamos permanentemente presentando certificados de miseria para lograr un aumento o una categoría, porque en ese momento tampoco había paritaria. Es muy difícil concientizar a los trabajadores cuando vos creés que nunca vas a poder llegar a vivir bien.

Es decir, hoy no se sabe cuánto tiene que cobrar un trabajador.

Es lo primero que debería hacer el Consejo del Salario: decir cuánto necesita un trabajador para cubrir sus necesidades de acuerdo a lo que prevé la Constitución y la Ley. Después pueden decidir si lo pagan o no lo pagan, pero el trabajador lo tiene que saber.

¿Qué dicen las cerealeras cuando van a negociar con ese planteo?

Hoy lo aceptan, pero al principio hasta nuestros compañeros se nos reían. En la paritaria de Dreyfus, que es la empresa de donde yo provengo, cuando impulsamos esta pauta la burocracia decidió no venir a negociar a Buenos Aires. Vine solo y les di un papelito con lo que nosotros queríamos cobrar. La gerenta de recursos humanos se descompuso. En ese momento nadie discutía salario y menos de esta forma. Recién en el 2010 pudimos llegar al salario mínimo, vital y móvil. Me acuerdo de que Tomada nos decía “no quieran subir todos los escalones juntos”.

¿Y ahora qué pasa?

La discusión se termina cuando tienen que presentar los balances. Ahí te dicen “sí, está bien, firmamos”. Aunque tuvimos que hacer huelgas muy duras, como la de 2015, de 25 días. Nosotros estamos convencidos de que la inflación no puede ser la base de la discusión. Hay una trampa que es el porcentaje. Si la base es alta, el porcentaje es mucho. Si la base es bajísima, el porcentaje es nada. Nosotros lo planteamos y lo logramos, por eso creemos que el resto de la clase también lo puede lograr.

Hay dirigentes sindicales a los que le da verguenza decir públicamente cuánto ganan los trabajadores de su sector, porque tienen salarios altísimos en comparación con la gran mayoría de los sectores populares. ¿Cómo ven ustedes esta disparidad al interior de la clase obrera?

Nosotros tenemos trabajadores que ganan 35 lucas, que son los que cumplen sus ocho horas diarias; después hay aceiteros que ganan 50 o 60 mil pesos, sumando horas extras y otros ítems. Pero el problema no es que ganan mucho y entonces no conviene decirlo, el tema es que nadie dice cuánto tiene que ganar un trabajador. Después están las realidades de cada sector, que son particulares porque tiene especificidades. Lo importante es que discutamos cuál es el salario que le corresponde a todo el mundo, no al aceitero o al que se desempeña en una rama donde le pueden pagar bien. Creo que eso es lo que está faltando, cómo se mide ese derecho que implica un salario digno. Y sería hora de que los altos dirigentes empiecen a hablar seriamente de eso. Yo creo que nos debería dar más verguenza saber que dentro de las organizaciones hay muchos compañeros que ni siquiera llegan al salario mínimo, que el hecho de que algunos ganen sesenta lucas. Además, no es que yo voy a decir “gano eso porque soy lindo”, sino que tenemos que dar la discusión sobre cuál es el valor de la fuerza de trabajo.

Para comprender mejor la dimensión estratégica del salario mínimo, vital y móvil, vale la pena este escrito de Matías Cremonte, abogado de la Federación y recientemente electo Presidente de la Asociación de Abogados Laboralistas. Otro letrado que acompaña a los Aceiteros, Carlos Zamboni, “Carloncho”, mete la cuchara en la entrevista: “En las paritarias también apelamos al balance de las empresas, no porque vayamos a convencerlos, pero es un argumento más que nos permite comprender cuál es el peso de los salarios en el esquema financiero. Y lo que demostramos con el tiempo es que no se trata de aplicar ese criterio allí dónde la rentabilidad es alta, sino que el salario vital y móvil puede extenderse a toda la clase trabajadora, y entonces se constituye en un riesgo para el sistema. Nosotros demostramos que las pequeñas empresas también lo pueden pagar. Por supuesto que hay firmas que quiebran en el capitalismo, pero eso no hay que achacarlo a la fuerza laboral. Entonces, lo que nosotros decimos es que en las paritarias se discute cuál debería ser el salario, pero nunca se discute cuál es la tasa de ganancia”.

el delegado de la clase

El Plenario extraordinario de delegados de base celebrado el 1 y 2 de noviembre fue un hervidero de laburantes llegados de distintos puntos del país, con altísimo nivel de debate, pensamiento y combatividad. Dice Yofra: “El primer plenario de Delegados que se hizo en la historia de la Federación fue en el 2010. Venían cien delegados de los cuáles el cuarenta por ciento eran Comisión Directiva, no eran de base. Nosotros exigíamos que se hicieran de acuerdo a todos los procedimientos legales, para que no te dibujaran las cosas. Hoy tenemos doscientos delegados. Y son reales”.

La dirigencia sindical cada vez está más ligada al poder político y las grandes organizaciones gremiales que negocian no representan a la mayoría de los asalariados. ¿Se puede democratizar al sindicalismo o la lógica sindical no da para mucho más?

Creo que hay una base que va a estallar, que está pujando por desenvolverse. Hay una movida que no está organizada, no hay un solo líder que exprese todas esa bronca de los trabajadores. Eso no significa que la democracia sindical no pueda llegar a la mayoría de los sectores. Nosotros no teníamos democracia, desde 2013 que conseguimos darle una orientación a la Federación, nos organizamos y elegimos delegados en el resto del país. Es muy reciente nuestra experiencia.

¿Qué sería la democracia sindical?

Darle la posibilidad a los delegados de que puedan participar de la vida gremial: elección efectiva de delegados, asambleas, que no haya separación entre las diferentes categorías de trabajadores. Cada vez que nosotros decimos algo no es un simple anhelo, o una ilusión, una utopía que está allá lejos. Lo que decimos lo hemos conseguido, hemos demostrado que se puede hacer el cambio. Nosotros primero tuvimos que ganarle la Federación a la vieja burocracia, y luego tuvimos que recuperarla incluso frente a nuestros aliados en esa primera disputa. No es fácil vencer la inercia burocrática, se impone. A todos nos gusta salir de la fábrica e irnos a meter en la cama, o irnos a pescar, o la idea recreativa que puedas tener. El compromiso es a nivel de la conciencia, sólo eso te permite salir de la fábrica e ir al sindicato, a una asamblea, o a bancar a otros compañeros que quizás estén en problemas. El año pasado reformamos el estatuto para que los trabajadores no solo voten a los dirigentes nacionales de forma directa y secreta, sino que además de puedan postular para ejercer un cargo en la Federación, donde por ser una entidad de segundo grado habitualmente se vota a la dirección de los sindicatos locales y luego se elige a la conducción nacional en un congreso. La primera elección con esta metodología va a ser en 2017.

¿La clave entonces sería la conciencia?

Nuestra experiencia es que la clave está en los delegados. Nosotros desde el gremio nacional impulsamos que en cada fábrica tenía que elegirse delegados de base, y allí donde se iban eligiendo surgían listas opositoras a la comisión interna tradicional, que sistemáticamente obstruían la democracia. Pero en todas las elecciones que se hicieron hasta el momento ganaron los nuevos delegados. Por otra parte, cuando llegamos a una fábrica donde no tenemos presencia lo primero que hacemos es enchufar la elección de delegados. Dentro del estatuto de la Federación se explicita que el secretario gremial está en condiciones de convocar a elecciones de delegados si el sindicato no convoca. Y si no hay sindicato, la Federación está facultada para organizar elección de delegados. Lo hicimos en una empresa grande, la Bunge de Ramallo, cuando la gente se empezó a organizar.

¿Cuál es la diferencia entre ustedes como dirigentes y alguien como Moyano, por ejemplo, que tiene una gran eficacia en la lucha económica?

Nosotros nos sentimos más trabajadores que dirigentes. Nuestra mirada de política nacional es muy limitada. Para mi son más importantes nuestras debilidades internas en el nivel de conciencia, y eso no se reemplaza por una buena rosca a nivel dirigencial. Por eso en el Plenario priorizamos que nuestros delegados puedan formarse y ganar en conciencia, escuchando a referentes del movimiento obrero que no piensan todos igual entre sí.

¿No deberías ser un poco más “político”, para no quedar aislado?

Nos ha pasado que vas a plantear algo para laburar en conjunto y te miran desde dos o tres escalones más arriba, porque el objetivo de muchos dirigentes es que le den bola desde el partido o el gobierno de turno. No sé por qué no se hablan estas cosas dentro del movimiento obrero. Yo no tengo ganas de pelearme con nadie, pero esto es lo que tengo para decir. No tengo otra. De todas formas, tengo que pulir más mi discurso, porque quizás enfatizo mucho en cierto odio contra la burocracia, y eso me juega en contra muchas veces porque sí creo que hay que trabajar para transformar al sindicalismo. Cuando me dedico solamente a hablar de lo que hicimos, y de lo que nosotros como organización queremos para el futuro, me parece que todo fluye mejor, pero no puedo dejar de mencionar lo que pienso.

¿Como perciben la conflictividad que vendrá?

Nosotros somos una organización similar al movimiento de un volcán, la lava está siempre abajo y en cualquier momento explota por acá, o tal vez por allá. En algunos lugares también explota al pedo, y a veces tenés que decirle que haya prudencia. Nosotros hemos avanzado cualitativamente en cuestiones que hace poco eran imposibles, y si llegamos hasta ahí es por la conciencia que hay, desde el trabajador hasta la Federación. Por eso yo estoy seguro de que, a pesar del miedo que sin dudas funciona, si acá viene la represión los compañeros no nos van a dar la espalda, no van a decir que somos unos loquitos que hacen quilombo. Hoy tenemos esa tranquilidad que por ahí no la tienen otras organizaciones.

Dani, el aceitoso, no es meloso con sus representados. Los tiene cagando, les exige, les pide más. Un delegado dice que en los Plenarios impuso la ley seca. Otro, ojeroso, recuerda que le ganó la apuesta porque no se durmió en ninguna mesa del Encuentro. En el dicurso de cierre, Yofra taladra: “A mi no me asusta la grieta, y a esta Comisión Directiva no le asusta ninguna brecha, porque achicar esa grieta significaría resignar los derechos de los trabajadores, y eso no va a pasar. Yo lo lamento por aquellos que han depositado la confianza en nosotros, aquellos compañeros que han creído de que nosotros podíamos en algún momento tranquilizarnos, parar un poco con las asambleas y los plenarios, y hacer la plancha como muchos dirigentes. Nosotros vamos a seguir peleando, vamos a seguir insistiéndole a cualquier gobierno de turno, porque no nos interesan los políticos, nos interesan los trabajadores. A seguir luchando compañeros”.